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LA MIRADA PROPIA DE LOS CREADORES ANDALUCES


Cuatro estrenos absolutos y uno nacional elevan este año el atractivo de Panorama Andaluz Largometrajes. La sección es un excepcional escaparate para algunas de las mejores obras de la cosecha audiovisual de la comunidad. Y a la vez converge con la línea general de programación en la búsqueda de autores con mirada propia, algo que valoran los mismos creadores locales, iniciando aquí en muchos casos su recorrido de distribución.

 

El documental sigue teniendo un peso notable, pero a la vez confirma su liberación de los códigos tradicionales. Va abandonando su dependencia de la parrilla televisiva para ir dando paso a modalidades más abiertas, compatibles con nuevos planteamientos que todas las pantallas, pequeñas o grandes, están asumiendo. Y avanza en el reconocimiento de lo subjetivo hacia el territorio voluntariamente complejo (no complicado), libre y honesto de la no ficción.

Un excelente ejemplo de esto puede ser Que nadie duerma, de Mateo Cabeza, director que ha crecido con el Festival desde sus cortos (Sevilla Santa, La vida sigue igual) hasta este primer largo que estrena ahora y que arriesga (y convence) en el boceto coral y transparente de un colectivo: Danza Mobile. Sin más mediación que la inevitable cámara, la película consigue un acercamiento inédito, admirablemente respetuoso, a esta compañía que integra a personas con Síndrome de Down y a su proceso de creación, atravesado por la poderosa vibración de lo cotidiano.   

En una línea diferente, Rota n’ Roll, ópera prima de Vanessa Benítez Zamora, refresca el formato con un uso limpio y bien hilado de dos herramientas clásicas: la entrevista y el archivo. El asunto, el influjo cultural que supuso la base naval estadounidense de Rota en la acartonada España de la posguerra, despliega todo el imaginario de atractivas correspondencias históricas: grandes chevrolets zigzagueaban por las calles encaladas y un “tesoro en el aire” (así nombra el poeta Felipe Benítez Reyes a los acordes de blues y rock que llegaban desde la emisora de la base) caló en nuestras movidas.

Los otros dos estrenos absolutos, aunque dispares, echan raíces en el vasto terreno de la ficción. Lugares, de Manuel Noguera se adscribe a lo que podemos llamar la “factoría Diffferent”, que desde su celebrada Malviviendo ha marcado una continuidad en sus tragicomedias de barrio, cada vez más ágiles y cuidadas, sin perder de vista Internet como campo de referencia pero abriéndose además a otras plataformas. Más allá del vínculo evidente de su equipo, detrás y delante de las cámaras (entre otros, David Sainz, Teresa Segura o el mismo Noguera, que prolonga aquí a Buster, su antihéroe bigotudo), Lugares incide en el naturalismo indie y coral que caracteriza a este colectivo para tramar varias historias de gente en sitios.

Las heridas del viento es el debut en la dirección de Juan Carlos Rubio, dramaturgo y guionista que ha adaptado al cine una exitosa obra de teatro homónima de su propia autoría. Los mismos dos protagonistas que han cautivado durante años sobre las tablas responden aquí con solvencia ante la cámara: Daniel Muriel y la malagueña Kiti Mánver, que recibe el premio RTVA en el marco del Festival. La incuestionable deuda teatral, lejos de disimularse, se convierte en una seña de estilo, reforzada por ejemplo con transiciones espaciales y temporales o con miradas a cámara que rompen algunos pactos de la ficción audiovisual clásica. 

El estreno nacional es el de Más allá del escenario, de Nonio Parejo, que podrá verse en Sevilla tras su reciente premiere en el prestigioso Cinespaña de Toulouse. Parejo, histórico del documental andaluz (Campos de Níjar, Los presos del canal…), se fija ahora en el Teatro Lebrijano, un referente de la resistencia cultural antifranquista, y en la figura de su ideólogo Juan Bernabé que, a pesar de fallecer con apenas 25 años, está considerado uno de los grandes innovadores del teatro andaluz. Y hay en la intención de Más allá del escenario una sintonía completa con aquellos jóvenes en la confianza de la potencia política del arte. 

Y también hay esa responsabilidad social en Samba, un nombre borrado, de Mariano Agudo, director presente ya en ediciones recientes del Festival con otros trabajos para la productora Intermedia (Habitar la Utopía, Boliviana). Con el extremo respeto por el tema, sus protagonistas y los espectadores, que es marca de la casa y del autor, Agudo acompaña un infrecuente viaje de vuelta en la migración africana: el que Mahmud, senegalés afincado en Sevilla, hace con destino a su país de origen siguiendo el rastro de Samba Benjai, coterráneo desaparecido en el camino del sueño europeo. 

Casi un subgénero, el documental “de acompañamiento”, sirve para definir a Caballo de viento, de Moisés Salama, que ronda con discreción a Nando Fernández de Castro. Este ácrata septuagenario abre a la cámara sin pudor su vida intensa: su airada militancia antifranquista; su exilio en el París consecutivo al 68; su trato con las drogas y la efervescencia del amor libre o sus vínculos con referentes del pensamiento sin etiquetas, como García Calvo, Foucault o Deleuze. Una frase de este último, citada en el filme por Amador Fernández Savater, podría servir como pie de foto a este retrato personal, que también es generacional: “Hay una juventud para cada edad”. Y tanto la obra como el sujeto ganan aún más atractivo al dialogar con el 15M y el ahora, ese caballo de viento.

Las huellas de otro personaje orientan Descanse en paz, Mr. Hopper, de Aurelio Medina y Daniel García. El Mr. es Dennis Hopper, que en 1970 rodó en el poblado peruano de Chinchero The Last Movie, tras haber sacudido un año antes la contracultura estadounidenses con Easy Rider. De ese filme, mucho más experimental de lo que la industria podía asumir (apenas se distribuyó), a Medina y García le interesó sobre todo el final, en el que unos hombres “armados” con cámaras de madera persiguen al propio Hopper, que huye a caballo por las impresionantes terrazas que rodean al pueblo. ¿Quiénes son esos hombres? y ¿qué películas hubieran filmado? son las preguntas que los directores intentan responder ahora en este documental.  

El décimo largo llega a la sección tras lograr el Premio Imagenera 2017: Ruibal, por libre, de César Martínez Herrada, es un retrato del cantautor Javier Ruibal, recientemente galardonado por su parte con el Premio Nacional de Músicas Actuales. Sus 35 años de carrera pasan, disco a disco, amigo a amigo, dejando algo parecido a una preciosa antología audiovisual de su particularísimo estilo en el que confluyen el jazz, el flamenco y otros sones. De fondo, sus paisajes, las ciudades que también han ido tejiendo su mestizaje, de La Habana a Nueva York, de Sevilla a Barcelona. Y por supuesto Cádiz. Y su Puerto natal, el de Santa María.   

caballo de viento

 

PESO Y PULSO DEL CORTOMETRAJE ANDALUZ

Cuando se habla en estos años del empuje de la producción audiovisual andaluza, hay que valorar como merece el peso del cortometraje y su pulso cada vez más dinámico. Y desde luego no (o no solo) como campo de ensayo sino como forma autónoma, completa, en la que algunos creadores están haciendo cine con mayúsculas y sin complejos. Es el caso de la amplia selección que recoge este año Panorama Andaluz, en la que además se pone de manifiesto la diversidad de perspectivas, géneros y asuntos que permite esta forma.  

Directores como David Muñoz o Manuel Jiménez, regresan al Festival reivindicando sus señas. El primero inserta en El mundanal ruido la inquieta visibilidad del metalenguaje en su búsqueda antropológica del origen de los verdiales. El segundo (premiado hace dos años con Show me now!) se mantiene en Conversaciones ajenas atento a la maravilla inmediata.    

Otras propuestas documentales siguen con brillantez modelos más académicos: The Resurrection Club (con la que Guillermo Abril y Álvaro Corcuera han estado nominados al Goya) explora con escalofrío los corredores de la muerte. Finis gloriae mundi, de Sándor M. Salas, El afilaó, de Julián Azcutia, y Las altas aceras, de Javier Polo, transitan espacios más amables acompañando a un restaurador de órganos, a un afilador callejero y al humorista Paco Aguilar. 

La ficción predomina. En Ayer o antesdeayer, de Hugo Sanz, luce un espléndido trabajo actoral al servicio de una peculiar road movie entre hermanas. Pez, de Javier Quintas, y El atraco, de Alfonso Díaz, imprimen cierta comedia a la denuncia social.

Amor, de Ana Rosa Diego y Mercedes del Río, y Diferencias, de Isabel Alberro, revisan las relaciones de pareja desde una crítica perspectiva de género. Problemas de guion, de Bernabé Bulnes, alude desde su título a la responsabilidad del contador de historias.

Una china en el zapato, de Adrián Ramos y Oriol Segarra, maneja con maestría el destierro, el desamor y la esperanza. Una casa en el campo, de Chiqui Carabante, lleva al delirio grotesco los lazos de vecindad. Cachorro, de Jesús Rivera, sugiere con una asombrosa economía de medios la gravedad de la violencia y los matices de un complejo vínculo materno-filial.

Fuera de concurso, la animación Guajira, de Jesús Guisado, propone una imaginativa versión de las idas y las vueltas del cante que le da título. Y Sueñan en Alepo, de Rycardo Moreno, es el primer trabajo audiovisual de este reputado guitarrista lebrijano y expande en él las resonancias de un tema homónimo basado en un texto de Eduardo Galeano.

 

Por Juan Antonio Bermúdez